jueves, 22 de junio de 2017

Ninguna parte del todo






 A Lucía, lugar de sentidos       




 Lucas habitaba espacios, transitaba intersticios de movimientos y de movidas.

 Su ser de siestas y algunas meriendas se lucía en una casa de Soldati. Saboreaba andar el mundo incandescentemente, a pesar de las habladurías de su opacidad. Compartía los sueños de su mamá y sus cuatro hermanos, tal vez porque quince años durmiendo juntos en la misma piecita es tiempo suficiente para adquirir la ubicuidad del inconsciente.

 Para juntar monedas huérfanas de alcancías y para bancar el paco, jugaba de mulito. Mezcla de pibe de barrio y muchacho explotado. Mezcla vaya una a saber de qué clase, y determinación de qué dominio.
 Un drogado más del montón para la gente, y un nene querido por su mamá.
 No sé desentrañar la mística de esos amores. Toda, ella, completa, redundante, y con un descaro envidiable, se arrogaba el privilegio del amor absoluto.

 Nuestro territorio, Lucas, caminaba goles sin arco, aunque eso no le impidió llevar la buena nueva hasta su hogar, de la mano de Dios.
 Cuentan que en alguna grieta cayó su cuerpo extraviando la soberanía de su materia. Dicen que de ese periplo no ha quedado ni la historia, sólo algunos signos que se desvanecen en pasillos. Sostienen que la alquimia de la ficción y los adornos no pudieron encauzar su viaje. Se murmura, eso sí, que llegó hasta la puerta arrastrando su último rezo en el pecho: "Por pillo."

 Ecos se pronuncian, desde distancias globos, y soledades de látex, enferma lo lejos donde brotan las canchas sin raíces. La deidad, una pierna en velocidad y la dirección de una pelota sin ángulo.



Mariela Otero Escobar